SER PADRES, UNA MISIÓN AMOROSA

14 de noviembre de 2012 at 9:52 PM Deja un comentario

Han cambiado los roles, las exigencias, las funciones. Instituciones en crisis, emociones congeladas, urgencias interminables… En ese marco, madres, padres e hijos, redefiniéndose.

¿Cómo querer bien a nuestro chicos? Reflexiona la psicóloga Carmen Iriondo

Ser padres es, metafóricamente, dejar de ser “hijos” y encontrar en esta nueva función un espacio para dar el sentimiento de amor auténtico y propicio en pos de una bienvenida al mundo de este ser en miniatura. Ser padres configura un universo particular en cada uno, indescriptible, una experiencia que deja una marca indeleble y conmovedora en la mayoría de los seres humanos. Convertirnos en padres nos introduce en el terreno del misterio y en el clima del milagro de dar vida.

Concepto
La concepción (palabra que deriva de “concepto”) de un hijo se anticipa ni bien se comienza a imaginar su presencia: la subjetividad del niño dada por los otros, comienza a tomar cuerpo. Ya sea un hijo deseado, de un embarazo complicado, producto del deseo de adoptar, de fecundación in vitro, etc. se lo piensa intensamente y con mucha antelación de manera conceptual: ¿cuál será su género, su apariencia, a quién se va a parecer, qué nombre le pondremos, qué que va a ser cuando grande? En este clima expectante, la fantasía y la imagen le van moldeando una pre- identidad. Más allá de lo real en todo su esplendor que significa ver crecer la panza de la madre y experimentar los primeros movimientos y las patadas fuertes mientras va creciendo, el cuerpo de ambos padres registra todo el proceso del embarazo, no sin angustia y desconcierto pero también con mucha expectativa y alegría. No son raros los síntomas en ambos, tanto físicos (malestares inespecíficos, alergias, gastritis, insomnio, problemas de piel) así como los cambios abruptos de humor, los miedos y la incertidumbre acerca de desempeñarse adecuadamente en la nueva función.

“Quiero a un hijo cuando respeto sus sentimientos y necesidades aún antes de su nacimiento e intento atender a esas necesidades y derechos en la medida de todo lo posible. No quiero a un hijo cuando no lo trato como persona con mis mismos derechos sino como un objeto que tiene que ser corregido”.

Estas son palabras de Alice Miller – prestigiosa psicoanalista y filósofa – que ilustran con simpleza la respuesta a lo que los padres deberían preguntarse: ¿Cómo quererlo bien?
A pesar de que lo más significativo de esta época que vivimos implica cierto congelamiento emocional y la caída de la autoridad paterna tradicional, los embarazos continúan floreciendo en este contexto de cambios veloces como los rayos. Sería conveniente no dramatizar sobre lo que pasa y en lugar de evadirnos del problema y protestar porque “antes” era distinto, es aconsejable aprender sobre estas nuevas posiciones de padres y madres que se dan hoy en día y reflexionar y debatir con tiempo y tranquilidad. Escuchándonos atentamente y haciendo de esta escucha un aliado indispensable para alejar la ansiedad.

El psicoanálisis convencional ha construido categorías bastante monolíticas con respecto a la función paterna instalándola como la introducción tradicional del orden simbólico – la ley y los límites – para facilitar la creación de lazos sociales posteriores, separando al niño de la madre y permitiéndole su salida a la sociedad y a su cultura.

Reconocemos en esta nueva época un acuñamiento diferente en la constitución del niño con una sutil y menor identificación a las figuras parentales. El proyecto moderno ha entrado en crisis y han perdido sostén las instituciones: estado, familia, iglesia, escuela. El impacto de la cultura posmoderna y su fragmentación y globalización han ido imponiendo una pérdida de sentido de la historia personal, familiar y social, del pasado, y de las instituciones sociales y simbólicas sobre las que hemos descansado por varios siglos.

Puede sorprendernos que algunos sociólogos no se hayan dado cuenta todavía de que en la relación primitiva de la madre con el hijo les sería posible examinar el desarrollo de las relaciones sociales in statu nascendi. Lo dijo hace muchísimos años el doctor René Spitz, un investigador riguroso acerca de los primeros años de la vida del niño. Él hizo una descripción exhaustiva del “marasmo” infantil, un estado psicótico experimentado por los pequeños bebés hospitalizados sin la presencia de la madre. Atendidos en las necesidades biológicas a la perfección, pero privados del afecto u amor que los pudiese reconocer como futuros seres humanos.

Él explica con simpleza como en esta transición de lo fisiológico a lo psicológico que efectúa el niño desde el útero, las relaciones son de completo parasitismo y luego de una simbiosis con la mamá que dará lugar muy lentamente a la relación con otros objetos. En ninguna parte de la sociología se da una asimetría tan grande entre dos seres tan íntimamente ligados. George Simmel ha estudiado la díada, el acuñó ese nombre, diciendo que es ahí donde pude encontrarse el germen de todo desarrollo posterior de las relaciones sociales.

En el caso de los adultos, el medio está constituido por factores, grupos, individuos que influyen sobre la personalidad organizada de los mayores e interactúan con ella. Para el recién nacido el medio está compuesto de un solo individuo: madre o sustituto. El niño no lo percibe por separado, forma parte de sus necesidades y de su satisfacción: es un sistema cerrado.

Recién en el segundo mes el lactante manifiesta un interés exclusivo por el rostro humano. Contesta con sonrisa y es la primera manifestación activa, un resplandor débil del pasaje de la pasividad a la actividad.

La cultura de la fragmentación

Asistimos en nuestro tiempo a nuevas formas de relación vincular, familiar y social. Es un hecho contra el cual de nada sirve quejarnos, si no más bien deberíamos tratar de articularlas con los recursos que podamos ir creando entre todos para que este pasaje crucial de ser papás, no se vea empañado por confusión, inseguridad o impotencia.

El exceso de información y de estudios especiales que se practican hoy día, producen en algunos casos y paradójicamente un clima de mayor duda en los futuros padres: un mandato de perfección posible los acecha haciéndolos creer en situaciones ideales. Los médicos no tienen más remedio que cubrirse contra cualquier evento, y ordenan a veces un contacto poco humano con la situación del embarazo y crianza del bebé.

Esta cultura que ha ido cambiando las relaciones de poder establecidas, precipitó una caída de la figura del padre, arrastró consigo en parte a la función conservadora de su nombre y nos abrió un espacio de investigación y de trabajo con la familia para llevar adelante la historia de amor inherente a la paternidad con el menor desconsuelo posible. Podemos preguntarnos y pensar acerca de nuestras respuestas particulares:

¿Dónde buscar lo específico de la paternidad actual? ¿Qué es la virilidad? ¿Qué es la tradición del varón proveedor? ¿Qué resquicios dejaban las mujeres antes y cuál es la participación de ellas en nuestro tiempo? ¿Cuál será un buen término medio entre el padre ausente y el padre patrón? ¿Qué pagan los padres de las facturas que pasan los hijos?

Siempre hay que tener en cuenta que el padre “real”, Juan o Pedro, no se puede reducir a una función sin conocer la historia personal, uno por uno.

Nuevas modalidades de vínculos familiares

Familias fracturadas, ampliadas, padres del mismo sexo, monoparentales, embriones almacenados… Es crucial destacar que en la complejidad de estos nuevos grupos se requiere de todas maneras una función paterna, cualquier forma que ésta tome, como transmisora de la ley. La sanción y la autorización deben ser mantenidas en la modalidad existente o elegida para que el niño pueda constituir su psiquismo.

¿Cómo puede ubicarse un hombre frente a requerimientos de función paterna frente a chicos que no son sus hijos y que tienen un padre presente que no vive con ellos? Tratemos de crear nuevos procesos más flexibles para darles lugar a los miembros de estas nuevas maneras de hacer lazo social, para reemplazar las maquetas o estereotipos de género y de familias tradicionales. Despejando la cabeza de prejuicios y de viejas telarañas. Pensando en lo que viene y no en lo que ya no es más.

La familia
Hay que reconocer de todas maneras que la familia sigue desempeñando un papel primordial y fundacional en la transmisión de la cultura y en la contención de sus miembros:

– Mantiene ritos y costumbres
– Conserva el patrimonio
– Predomina en la educación inicial
– Mantiene la represión de la pulsión y los instintos
– Adquisición y uso de la lengua materna

Y de este modo el grupo familiar gobierna todavía los procesos cruciales del desarrollo psíquico, organiza las emociones y transmite estructuras de conducta y representación más allá de la conciencia. Es una suerte de “herencia social” vigente sobre la que hay que seguir trabajando.

Los padres, igualmente, se plantean inseguridades dada la evolución de la vida social y ante la declinación de los valores que eran antes más seguros.

Ser padres es confiar en nuestros hijos

– Educar a un niño es siempre difícil cuando el adulto no tiene confianza en el niño en crecimiento.

– Para confiar en los niños a medida que crecen, los adultos deberán hacerle frente a sus propias contradicciones de manera tal que sus hijos se encuentren con la verdad y no con padres que se ocultan detrás de conflictos que no tienen nada que ver con los niños y su derecho a una infancia bien amparada.

– Deberán entender que la verdad de lo imaginario y la de lo real son simultáneamente dos niveles diferentes: esto no es incompatible pero provoca cierto malestar que hay que aprender a soportar. Hay muy pocas coincidencias entre lo que uno imagina como ideal y lo que presenta la realidad.

– Los niños son a veces portadores de aquello que hemos vivido mal y que rechazamos. Revisemos los padres con entusiasmo nuestras vidas para no proyectar o repetir en la vida de nuestros hijos las propias frustraciones.

– Para no alejar a nuestros hijos del orden del amor.

Fuente:  Diario  Clarín- Sociedad 5 de agosto de 2011

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