ESCUELAS, MODELOS PARA ARMAR…

15 de febrero de 2013 at 5:08 PM Deja un comentario

Pública o privada, rígida o flexible, laica o religiosa. ¿Qué educación queremos? ¿Para qué sirve la escuela? A un paso del nuevo ciclo lectivo, una reflexión que convoca a toda la sociedad.

Ilustración Alma Larroca.

La escuela se escapó del aula y ahora le cuesta volver. Afuera, el saber se construye en circuitos menos académicos, con códigos más horizontales y las premisas de lo interactivo. Estas pautas enraizaron en las nuevas generaciones, que prefieren el mouse al pizarrón y reclaman democracia educativa con renovación de los viejos métodos de enseñanza. Pero en el universo escolar las piezas son múltiples y no todas encajan en el mismo rompecabezas.

“Estamos inmersos en un entorno educacional difuso, de información y de saberes múltiples, y descentrado con respecto a la escuela y el libro. La escuela ha dejado de ser el único lugar de legitimación del saber, pues hay una multiplicidad de saberes que circulan por otros canales y se expanden socialmente”, inicia la doctora Mónica Pini, directora del Centro de Estudios Interdisciplinarios en Educación, Cultura y Sociedad de la Escuela de Humanidades, en la Universidad Nacional de San Martín.

Las críticas a la escuela tradicional, de corte directivo y academicista, se multiplican. Entre ellas, la del investigador pedagógico ecuatoriano Julián de Zuviría Samper, quien en su texto Los modelos pedagógicos: hacia una pedagogía dialogante, califica como magistrocentrista el modelo en el que el maestro monopoliza la palabra y las decisiones, la educación está considerada como un proceso de asimilación basado en la repetición y la copia, y la escuela convertida en un espacio de reproducción de conocimiento y adaptación social mediante estrategias de control y disciplina. Es decir, la escuela como domesticadora de chicos convertidos en piezas de un engranaje mecánico y repetitivo. Al estilo fábrica de ladrillos, como denunció musicalmente Pink Floyd en The Wall, allá por 1979. Y la canción sigue sonando.

Acusación similar disparó el documental La educación prohibida, que circuló con furia en las redes sociales el año pasado. En diálogo con la Revista, su realizador, el argentino Germán Doin, sintetiza uno de los ejes de la crítica: “Una educación pensada para producir un tipo estándar de ciudadano, que no se cuestiona la realidad ni pueda transformarla”.

“Este cuestionamiento a la autoridad de la escuela y del docente se vincula por un lado con la explosión de conocimientos y con las nuevas tecnologías, y por otro con el debilitamiento de las instituciones y la extendida reacción contra el autoritarismo, que hace que haya dificultades para reconocer cualquier autoridad, aunque sea legítima. A partir de allí, la escuela pasó a ser considerada la responsable de no dar las respuestas esperadas; con la consecuente contradicción de que se la pone en un lugar excepcional, porque se le piden todas las respuestas y a la vez se la acusa de no estar a la altura de los tiempos. La crisis educativa es una crisis de la sociedad toda”, se explaya Pini e intenta contemporizar: “Dentro del modelo considerado progresista hay una confusión entre autoridad y autoritarismo. Para muchos poner algún límite es ser autoritario. Pero el docente en un punto necesariamente ejerce su autoridad, una autoridad que le otorga el conocimiento y las estrategias pedagógicas, siempre que estén renovadas”.

Ana Rodríguez es maestra de nivel inicial y primaria en la Escuela N° 19 de la ciudad de Buenos Aires. Ella reivindica el lugar del límite con la siguiente mirada: “Los chicos tienen que comprender que hay límites que no se pueden pasar y es nuestra función explicarles el porqué”.

La psicóloga y psicopedagoga Silvia Fernández Vita aclara algunos de los términos que encienden la controversia sobre las tiranías del modelo clásico de enseñanza: “Llamamos educación tradicional a aquella en la que se asigna al sujeto del aprendizaje un rol pasivo. Tiene que incorporar el objeto de conocimiento que está ahí y le es dado. El maestro dicta la clase y el alumno escucha, copia y aprende., ¿aprende? Esto está relacionado a la posición conductista, donde es esperable que a un estímulo corresponda el aprendizaje de una respuesta. El maestro pregunta; el alumno, si aprendió bien, da la respuesta esperable”.

Este modelo, que fue avalado por el sistema educativo durante décadas, empezó a resquebrajarse porque -enumera Fernández Vita- no da cuenta del proceso que se cumple en el interior del niño para poder aprender: sus capacidades intelectuales, su disposición emocional hacia el aprendizaje, su bagaje de conocimientos previos con los que es necesario contar para poder incorporar lo nuevo, los cambios socioambientales que ha sufrido y que le permitirán o no adaptarse al medio escolar actual y a sus contenidos curriculares. La incorporación de nuevas posiciones pedagógicas tratará de abordar estas carencias.

A partir de las ideas del psicólogo evolutivo Jean Piaget se construyó un nuevo modelo pedagógico que se propuso cambiar la posición del estudiante, que dejó de tener un rol pasivo y pasó a ocupar uno activo de búsqueda, casi de autoconstrucción de su propio proceso educativo.

“El constructivismo es hoy el modelo más fuerte, que tiñe todo el discurso pedagógico: aparece en los diseños curriculares, en los libros de didáctica y en el lenguaje de los docentes. Presupone que es mejor presentarles a los alumnos preguntas que respuestas”, dice Daniel Brailovsky, docente, integrante del equipo de Educación en la Universidad Torcuato Di Tella e investigador en el área de Pedagogía e Historia de la Educación y autor de varios libros, entre ellos La didáctica en crisis. “Actualmente se discute la distancia entre enseñar a través de problemas, desafíos y proyectos, o a través del modelo tradicional. Los maestros de estos días se encuentran debatidos o tironeados entre un modelo que apunta a darles a los alumnos la libertad y el espacio para que se conviertan en sujetos críticos, y el modelo directivo del callate la boca”, sigue Brailovsky. Y agrega: “En una sala de profesores cuando se reprueba a un docente porque enseña de una manera muy dogmática y dirigista se dice que es conductista, lo que no significa que haya muchos docentes embanderados en el conductismo, sino que funciona como una contrapedagogía discursiva, es decir el modelo de lo que no se debe hacer”.

El constructivismo es el modelo políticamente correcto, el reivindicado públicamente por la mayoría de los docentes. Pero en el aula, a veces Piaget está ausente. O tiene media falta.

Tal como sucede en el mundo de la política, donde difícilmente alguien se confiesa neoliberal, en el universo educativo también es difícil encontrar a un docente que declare su adhesión a prácticas conductistas. Sin embargo, entre las cuatro paredes del aula, el ideario del constructivismo (como lo que sí se debe hacer) “trae detrás de sí, colgados como las latitas de los autos de recién casados, contenidos que no tienen nada que ver con lo que propuso Piaget”, sonríe Brailovsky.

La realidad siempre instala abismos que distancian los dichos de los hechos.

Realidad deseada, realidad posible

“Lo que mayormente se aplica en educación es una pedagogía tradicional con mayor o menor implementación de otras teorías como el constructivismo o la teoría de las inteligencias múltiples. Esto salvo contadas excepciones y a pesar de las mismas instituciones que se llaman a sí mismas constructivistas”, opina Silvia Fernández Vita. Y explica: “En la práctica, la aplicación pura de la teoría constructivista resulta difícil por diferentes razones, como el número de alumnos o la necesidad de cumplir con los contenidos curriculares”.

La enseñanza del idioma, por ejemplo, no admite grandes dosis de creatividad y construcción subjetiva, como admite la editora Alejandra Mirich, madre de Valentín, de 10 años. “Elegimos el Saint Margaret porque queríamos un colegio bilingüe, y en general estos conservan cánones tradicionales: la lengua no se construye, se adquiere por uso, por escucha y repetición. Los chicos aprenden a pensar en otro idioma, no tienen otra forma de articular su cerebro”. Alejandra no es inocente sobre el modelo pedagógico que vehiculiza este aprendizaje: “Y, sí, en este sentido es conductista, pero no hay otra forma”.

Mónica Pini retoma con criterio realista: “Por más progresista que se sea, hay prácticas acusadas de tradicionales y conductistas que son indispensables para que el aprendizaje encarne en cada estudiante: podés apuntar a la comprensión y a la construcción del conocimiento, pero si no ponés en juego la memoria, no te apropiás de numerosos contenidos. Por eso hay que hablar de constructivismo con veinte comillas, ya que no significa que todo el conocimiento se vuelve a construir”.

A pesar de los deseos constructivistas, la realidad del aula no discurre con bordes tan nítidos dentro de un modelo pedagógico cerrado. “En clase nunca desecho ni lo

tradicional ni lo nuevo. Todo depende de qué grupo te toque, los proyectos que tengas. Hay que tener la habilidad de optar por las distintas modalidades, según las necesidades que vayan surgiendo”, comparte Mariela Berman, maestra de segundo grado de una escuela pública porteña.

“No hay una línea única”, clarifica la formadora docente Estela Quiroga, autora del blog Entre el             mouse y la tiza, que en diciembre último recibió el primer premio de la UBA a la divulgación de contenidos educativos. Y propone cierta dialéctica: “Todos de un modo u otro somos eclécticos, ya que dar clase no es lo mismo que sostener una empresa y los docentes tenemos que adaptarnos a cada grupo de alumnos, no podemos dar siempre lo mismo”. Y apuesta a más: “Tenemos que romper la falsa idea de que hay una verdad única”. Su propuesta se enmarca dentro de la llamada pedagogía de la escucha, que exige una transformación en la posición ocupada tanto por docentes como por alumnos. Para que los chicos pongan en juego sus saberes y verdades, los maestros tienen que correrse del lugar de incuestionables y escucharlos. Y que haya una sola verdad es tranquilizador, pero no coincide con la realidad. Un sistema educativo rígido empuja a los chicos a ocupar “su oficio de alumnos”, se queja la profesora Quiroga. Ellos saben muy bien cuál es el rol esperado y cuáles las respuestas que conducen al aprobado, y en lugar de pensar encienden el piloto automático. “En un mundo complejo, la construcción del conocimiento genera tanto incertidumbres como certezas, y son las incertidumbres las que llevan a pensar.”

Si la escuela aporta a la constitución de sujetos sumisos al sistema o sujetos creativos capaces de cuestionarlo no es un tema menor.

Educar para la libertad

“La educación te hace un poco más libre: el conocimiento te cambia la visión del mundo y con una cabeza abierta podés elegir entre más opciones, se te abre un campo mayor de posibilidades de vida”, sostiene Florencia Aguerreberry, 20 años, ex alumna del colegio Ecos y estudiante del Instituto Universitario Nacional de Arte (IUNA). Recuerda sus años de secundaria y reivindica a los profesores que la incentivaron “a saber y a aplicar ese saber a la vida misma”. Y no recuerda, a pesar de haber tenido profesores reinteresados por enseñar, que ese clic se diera en la primaria, cursada en otro colegio privado de la ciudad de Buenos Aires.

Padre de tres hijos, de 30, 21 y 10 años, José Luis Espinel tiene experiencias para comparar. La educación primaria de su hija mayor transcurrió en dos escuelas públicas que le enseñaron sobre los movimientos paquidérmicos y burocráticos “de las empresas del Estado”: Manuela hizo hasta quinto grado en la Escuela República de Cuba, en Palermo, y en sexto se mudó y cambió a otro colegio en el que no se integró porque extrañaba a sus compañeros. Pero cuando quiso volver, en lugar de integrarla a su grupo anterior, el director de la escuela la incorporó en otra división, porque allí tenía menos alumnos., como dictaba el reglamento y no el respeto por las necesidades de los alumnos. Entonces José Luis y su mujer, Laura, decidieron que sus hijos Rodrigo y Mora recorrieran el nivel primario en colegios privados, de puertas abiertas, con mayor participación de los padres y una atención más personalizada, para insertarse, más armados, en una escuela pública de excelencia después.

“Elegimos una escuela del Estado donde conviven el orden y las reglas rígidas y estructuradas, con un centro de estudiantes donde los chicos tienen posibilidades de pelear por lo suyo, hecho que no están en condiciones de sostener cuando son más chicos.” A un paso de hacer el pasaje al Nacional de San Isidro, Mora Espinel, de 12 años, asegura que le gusta ir al colegio porque siempre aprende cosas nuevas y explica que “en general, los maestros nos presentan problemas para que los pensemos por nuestra cuenta; a veces nos dan una ayuda, pero al final siempre nos dejan a nosotros. Y a mí me encanta llegar al resultado sola”.

“Creo que esto sería lo ideal de escuela, de aprendizaje, de educación: que los educandos puedan cuestionar, resolver situaciones que el maestro presenta, investigar, formular hipótesis y comprobarlas con ayuda del docente y de sus pares”, retoma la maestra Ana Rodríguez, quien define que para que hoy la educación funcione como un espacio contenedor y de aprendizaje (y no como un depósito donde los adultos dejan a los niños y salen corriendo) hay que pensar y tomar conciencia de que la mejor opción es el trabajo en equipo entre docentes, cuerpo directivo y padres.

“Lo que necesitamos es un modelo educativo que reconozca y respete la diversidad, que pueda ser gestionado desde los actores mismos, desde los niños, educadores y la comunidad. Creo que la clave está en que la educación sólo la podemos construir entre todos y no debemos dejarla en manos del Estado o del mercado, la verdadera educación está en la comunidad”, propone Germán Doin.

A modo de cierre, Daniel Brailovsky sintetiza: “El mayor desafío para las escuelas, sus profesionales y sus comunidades reside hoy en lograr que los principios y los valores educativos con los que nos sentimos identificados se expresen en formas concretas de trabajo en el aula. Y sospecho que el gran secreto para lograr esto pasa por intentar darle formas creativas e inteligentes a la pedagogía de la pregunta, a la pedagogía del juego, a la pedagogía de la confianza”.

Entre deseos y realidades, el ámbito educativo permite la convivencia, sin principio de contradicción, de múltiples discursos., la construcción colectiva y creativa del saber combinada con reglas burocráticas y evaluaciones individualistas basadas en criterios talibanes. La escuela, en definitiva, no existe. Existen escuelas. Mundos en los que conviven diversidades que aplican modelos posibles, modelos incompletos, fallidos y fallados que, como las fichas de un rompecabezas, se completan con la participación de múltiples protagonistas.

Qué priorizar a la hora de elegir colegio

La oferta es múltiple, como las variables a contemplar a la hora de decidir colegio para un hijo. Cada uno adhiere a un método de enseñanza, prioriza ciertas áreas del conocimiento, proyecta un perfil de estudiante y de docente, y permite construir su propio perfil a partir de categorías que funcionan como grandes divisorias de aguas:

  • Públicas o privadas
  • Laicas o religiosas
  • Con jornada simple o completa
  • Con una orientación específica (arte, deportes, idioma) o tendiente a abrir todos los campos del conocimiento
  • Con un nivel o con todos (jardín, primaria, secundaria)

Cuerpo, alma y espíritu: la alternativa Waldorf

  • La pedagogía Waldorf es el modelo alternativo más conocido. Como explica Cecilia Cerdá, maestra fundadora del jardín para la infancia Puente de Estrellas, en Córdoba, lo fundamental de esta pedagogía es la concepción antroposófica del ser humano: es un ser tripartito constituido por cuerpo, alma y espíritu. “Esta imagen de hombre es el eje del arte del trabajo pedagógico, orientándose al desarrollo del pensar (espíritu), al desarrollo del sentir (alma) y al desarrollo de la voluntad (cuerpo).” Y compara este modelo con el hegemónico: “El constructivismo se asienta exclusivamente en el desarrollo de la inteligencia humana a lo largo de cada etapa evolutiva, en cambio la pedagogía Waldorf reconoce otras dimensiones constitutivas en el ser humano aparte de su inteligencia”.
  • En esta escuela, hasta los 7 años, el elemento pedagógico preponderante es el juego libre y los quehaceres cotidianos. Entre los 7 y los 14, los chicos son acompañados por el mismo maestro-tutor, que estructura su trabajo de forma que el lazo que lo une con sus alumnos se transforme en amor al maestro e interés por la humanidad. El principio de aprendizaje del niño es el interés por el contenido cultural del mundo que recibe de la autoridad amada, reconocida en su maestro.

El arte en todas sus manifestaciones es el elemento fundamental pedagógico en este período.

  • Entre los 14 y los 18, transcurre “el período óptimo para el desarrollo del juicio propio. El profesor acompaña al alumno y pone a su disposición actividades adecuadas para que comprenda desde su propio descubrimiento y pensar la organización de leyes que rigen en cada campo disciplinar. También ofrece recursos para que el adolescente puede canalizar sus ideales, comprendiendo que trae algo nuevo para aportar al mundo cultural humano”.

¿PARA QUÉ SIRVE LA ESCUELA?

  • FRANCISCO BENVENUTO AMORESANO (6).
    Nuestra Señora de la Paz, Olivos. 2º grado.
    Colegio pastoral católico apostólico romano.
    “Ya sé sumar y restar. Por eso puedo ir al quiosco, pagar sin la ayuda de mamá y recibir el vuelto. Para eso sirve la escuela. Ahora quiero aprender a multiplicar y a dividir.”
  • CATERINA MLEKUZ (11).
    Belgrano Uno. 6° grado.
    Colegio laico, con carga horaria en inglés.
    “Me divierte ciencias naturales, aprender sobre el cuerpo humano, adónde va a parar la comida que comemos, cómo se desarrolla un bebe, todo. Tenemos que ir al colegio porque si lo salteamos, en la facultad no vamos a entender nada.”
  • AGUSTINA PICARDO (10).
    Instituto Euskal Echea, Congreso. 5º grado.
    Colegio católico apostólico romano.
    Se enseña castellano, vasco e inglés.
    “Hay que ir al colegio porque te enseñan a portarte bien, si no te ponen malas notas. Quiero ser arquitecta, así Que cuando sea grande voy a poder usar todo lo que aprendí en matemática.”
  • FRANCESCA GALEAZZI TRIULZI (7).
    St. John’s School, Martínez. 2º grado.
    Colegio laico bilingüe.
    “En la escuela aprendo sobre animales y pintura. Lo que más me gusta es dibujar animalitos, que es importante para mí porque quiero ser entrenadora de delfines.”
  • SOFÍA FUENTES (9)
    Colegio Río de la Plata Sur, Berazategui. 4° grado.
    Colegio de inteligencias múltiples.
    “Los chicos tienen que ir a la escuela y aprender lengua, que te enseña a hablar mejor, y matemática, para que después puedan vender y comprar cosas. Me gusta estudiar y lo hago sin ayuda para poder aprender bien.”
  • DELFINA GIURI (7 años). 3er grado.
    Colegio Esteban Echeverría, Barracas.
    Colegio laico.
    “El colegio te sirve para estudiar y aprender cosas nuevas. También sirve para que los chicos puedan estar educados y tengan muchos amigos.”
  • SANTIAGO CRISTELLA (13).
    Instituto Ingeniero Luis Huergo, San Telmo. 2° año.
    Industrial.
    “El colegio te enseña valores y te ayuda a prepararte para el futuro. Los chicos tienen que ir al colegio para aprender a vivir en una sociedad civilizada y resolver cosas cotidianas.”

Por Tesy De Biase  | Para LA NACION

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