EL ARTE DE APRENDER

25 de febrero de 2013 at 5:54 PM Deja un comentario

Mitos y verdades de cómo adquirimos los conocimientos cuando somos chicos

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Foto: Bernasconi

Papá y mamá eligen un jardín. Vamos, compartimos juegos, la leche chocolatada y llegadas tarde al baño. Papá y mamá eligen colegio primario. Vamos (con o sin uniforme), aprendemos a leer y escribir, a sumar y restar, nos enamoramos de la maestra y soportamos pasar al frente. Papá y mamá deciden que ese colegio es el mejor secundario para nosotros.

Pero, ¿cuán importante es poder dormir para aprender? ¿Cuán efectivo es que el profesor nos taladre con conceptos en loop? ¿Por qué nos cuesta más matemática que lengua? Los que van al turno tarde, ¿mito o hay material para señalarlos como vagos?

Quisimos saber cómo aprendemos, cómo funciona el jefe de todo esto: nuestro cerebro. Entonces, charlamos con Mariano Sigman, director del Laboratorio de Neurociencia Integrativa de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, que organizó la Segunda Escuela Latinoamericana de Neuroeducación, en El Calafate.

Que la matemática cueste más que el lenguaje no es tema para preocuparse. Sigman explica la idea de Noam Chomsky: “El lenguaje forma parte de una clase de problemas que resuenan con virtudes que el cerebro tiene. Son funciones muy establecidas en el tipo de cómputo para las que está predispuesto. El cerebro no es una tabla rasa, sino que tiene cierta arquitectura que le confiere una manera de funcionar que hace que algunas operaciones, como el lenguaje, sean naturales. Estas las percibimos como instintivas. En cambio, hay otros inventos de la cultura (el ajedrez, la lectura, la matemática, etcétera) que el cerebro humano puede resolver pero con una sensación de mucho más esfuerzo. Y de hecho, casi todos los chicos aprenden a hablar casi sin esfuerzo y para muchos la matemática o su aprendizaje es un proceso difícil. Una idea clave es que también hay una matemática instintiva, lo que mi colega Stan Dehaene, uno de los gestores de este campo llama El sentido numérico. Muchos animales (filogenia) y un recién nacido (ontogenia) ya cuentan con una protomatemática capaz de reconocer que los números se ordenan en una línea, de entender que los desplazamientos en esta línea correspondan a transiciones (sumas y restas). Este es un abordaje mucho más geométrico (la matemática en el espacio) del que nuestra cultura elige como tradición pedagógica. Existe una noción de la aproximado (del mucho, del poco, del bastante, incluso del cero). En sistemas de notación populares, como el del truco o el de los dados, coexisten una notación espacial (nubes de puntos) de la matemática, con una notación simbólica. Entender esta predisposición por ciertos atributos matemáticos permite concebir un puente entre una matemática intuitiva -la de los puntos y los palitos, el mucho y el poco- y una formal de sumas, restas, multiplicaciones”. Sigman, Andrea Goldin y sus colegas trabajan focalizados en esa transición.

Así, la ciencia cognitiva le clava una daga a la poesía de que somos un papel en blanco. Y le pega duro al ego de papá y mamá, que creen enseñar todo a ese mini yo/vos, porque los chicos nacen con un cerebro que construye conceptos. Un bebe, a días de nacido, puede distinguir los fonemas ba y ga, contó Ghislaine Dehaene-Lambertz, investigadora de la Unidad de Neuroimágenes Cognitivas del Inserm, en París. Destaca la perseverancia para hablar y caminar. El físico también destaca además de la perseverancia, la dedicación. ¿Aprendemos más cuando somos chicos? Sí. Sostiene que los adultos tienen mucho más potencial de aprender del que el folclore heredado de la noción de períodos críticos (momento durante la vida, relativamente laxo entre los primeros tres años, donde hay gran plasticidad neuronal) ha sugerido. “Luego de esto el cerebro se vuelve menos plástico (modificable), pero nunca deja de serlo. La idea intuitiva es que si las neuronas y las sinapsis (las que constituyen el cerebro) son menos propensas a cambiar, uno debería aprender menos. Es parcialmente cierta y lo que alguna gente propone y pienso es que más allá de esto, un gran condicionante que hace que los chicos parezcan aprender tanto más que los adultos es en gran medida la motivación y la capacidad de concentrar sus esfuerzos en una actividad con muchos menos distractores.”

Pis sí, sueño no

Si me hago pis y levanto la mano en el aula, la maestra entiende que debo ir al baño; es una urgencia de mi cuerpo. Pero si son las 7.20 y tardo en concentrarme en una ecuación porque tengo mucho sueño, no me tiene en cuenta. Bueno, es noticia: necesitamos el sueño para aprender. “Hay experimentos contemporáneos que muestran que en la resolución de problemas complejos, el sueño promueve el pensamiento creativo. Esto demuestra algo para lo que existe mucha evidencia anecdótica (el que se despierta con una revelación sobre algo que no había podido resolver durante días). La visión actual (otra gran intuición de Freud) es que el sueño es un proceso activo. Se dan distintos ciclos que tienen propiedades fisiológicas, farmacológicas y fenomenológicas muy distintas. En el período REM (rapid eye movement) se sueña y se supone que se da un estado de asociación de ideas menos estructuradas que en la vigilia. En el SWS (slow wave sleep) se promueven procesos de consolidación de la memoria, incluido síntesis de proteínas y otros mecanismos biológicos de la consolidación de la memoria. Durante el sueño se da un ciclo de calentamiento en el que se mezclan cosas que no suelen calentarse y luego de enfriamiento en el que nuevas asociaciones (ideas) se consolidan en memoria. El resultado empírico es que uno amanece descubriendo cosas que no sabía antes de acostarse a dormir. Es decir, el conocimiento se cocina a fuego fuerte y fuego lento durante el sueño. La segunda consecuencia, la más obvia, es que si uno no duerme, al día siguiente esta cansado y aprende mal. El error típico es creer que los que se levantan tarde son vagos. No es así, sólo tienen otro cronotipo y funcionarían mucho mejor si uno pudiese respetarlo”, dice Sigman. También cree que no recordar algo luego de 20 años de aprendido no es un fracaso educativo. Olvidarlo no significa que no haya servido, “sirvió para que aprendas a aprender, a memorizar, a estructurar un cuerpo de conocimiento en la cabeza, que después lo usarás. Sirvió para que si algún día necesitás eso vuelvas y no vuelvas de cero, sino a algo que ya tenías construido”.

¿Por qué aprender a escribir a los 6 años? Es algo que no tiene una respuesta. La hipótesis se apoya en que ese aprendizaje demanda un esfuerzo sostenido y ya estaríamos listos para no distraernos con… pis y caca. ¿Y por qué agruparnos por año de nacimiento, si no todos aprendemos a la misma velocidad? Otro misterio que quizá se responda por una cuestión de orden. Aunque muchos chicos aprenden a leer y escribir antes de llegar a la escuela, la resolución de junio del Consejo Federal de Educación le da de comer a esta universalidad ficticia: no se repetirá más primer grado. El ministro de Educación de la Nación, Alberto Sileoni, dijo que la medida “se sustenta en evidencia científica; muchas investigaciones demuestran que los chicos logran aprender a leer y escribir recién al final de 2° grado. Por eso se considera al 1° y 2° como una unidad pedagógica”.

Repite, repite que algo quedará

La letra con sangre entra; frase que va al podio del horror. O la voz de la maestra diciendo lo mismo trescientas veces. Ninguna de las dos parece ser acertada. Resulta que para fijar un conocimiento es más efectivo dejar lapsos de descanso entre las repeticiones. “Cuando repetís muy seguido, contra lo que la intuición indica (más es mejor) pasa lo contrario. El aprendizaje metralleta muy repetido en poco tiempo es efectivo sólo durante poco tiempo. Luego los experimentos muestran que se extingue muy rápido”, explica.

“La regla es que el espaciamiento con el que vos lo aprendés es el espaciamiento con el que vos lo recordás. Entonces, si quiero que recuerdes algo cada diez años, no te puedo hablar cada cinco minutos. Cómo diluir el conocimiento es algo en lo que creo que la ciencia tiene mucho para aportar. Una idea para explorar, desde la neurociencia, es tomar las cosas dadas y darlas en puchitos un año después, dos años después. Hay evidencia de que ese desempolvar de la memoria se construye así. La memoria no es pasiva, se construye y reconstruye en permanencia”, agrega.

Y si de repetir como loros hablamos es imposible no pensar en el horrible momento de tener que pasar al frente a dar lección. Pero hay una visión más enriquecedora, la capacidad de que sean los chicos y no sólo el maestro los que difundan conocimiento. El tutoreo de pares. “Nacemos con una especie de propulsión o preconcepción para enseñar. Aprendés a relacionarte con el otro tratando de transmitirle cosas. Hay una vieja idea de todos los semióticos: si quiero transmitirte todo el tiempo muchos estímulos, como pedagogo debo marcarte cuáles son importantes, y para eso empleo gestos que funcionan como subrayados, negritas. El diálogo educativo tiene que ver con claves automáticas que todos entendemos aunque nunca nos las hayan dicho. Si te miro a los ojos, te estoy diciendo prestame atención; si te llamo por el nombre, esto es importante.” En eso anda Sigman junto con Cecilia Calero, estudiando si los chicos, espontáneamente, ya tienen esa habilidad pedagógica cuando le están transmitiendo al otro algo que es relevante: si lo mira, si lo llama por el nombre.

Otra idea de la neurociencia que es muy pertinente para la educación es la metacognición, el conocimiento del conocimiento. Hay chicos que saben lo que saben y otros que no saben lo que saben. “Trabajar sobre eso mejora el uso que puedas hacer del conocimiento. Es quizá la idea central del psicoanálisis: llevar un proceso implícito a la conciencia permite manipularlo, trasladarlo, generalizarlo, flexibilizarlo, utilizarlo en contextos nuevos. La pedagogía cataliza esto cuando el chico se pone en el rol del docente lo que está haciendo es explicitar su conocimiento. En resolución de problemas (en matemática por ejemplo), la pedagogía que apunta a la toma de conciencia de las herramientas genera una mejora sustancial en el rendimiento escolar.”

La neuroeducación nos hace sentir de 3 años de nuevo; dispara varios por qué sobre la escolaridad. Los especialistas hablan de una articulación suave de la neurociencia con el sistema educativo existente. Por qué aprendemos a escribir a los 6, si tiene sentido tener una clase a las 7.20: esos hechos son preguntas para las que hay gente, como Sigman, trabajando. Las respuestas le harán un guiño a la pedagogía…

Por Emilse Pizarro  | LNR LA NACION 12.08.2012.

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