AMOR DE PADRE

4 de febrero de 2014 at 10:46 PM Deja un comentario

El afecto que emerge de esa díada, si la relación es predominantemente amorosa, proporciona una sólida base para el desarrollo emocional del infante. Se suele hablar de “amor de madre”, para referirse a un amor único por la relación que esa mujer establece desde el vientre con su hijo, algo que nadie más que una madre puede vivenciar.

Amor de padre

El común referente de lazo amoroso de los seres humanos suele ser la madre, quien conforma con su bebé un vínculo básico desde el comienzo de vida de éste.

Amar implica una cierta capacidad para identificarse con un otro, “hacerse uno”, situación que la madre experimentó por nueve meses.

¿Y qué hay del padre? ¿Cómo se expresa su amor?

El padre indudablemente se vincula con su bebé, y puede (y sabe) cumplir una función materna pues él también fue bebé, cuidado y contenido desde esa función. Es algo que todo ser humano, si las cosas funcionaron relativamente bien, lleva consigo, independiente de ser hombre o mujer. Un padre también hace ‘maternaje’ por el simple hecho de que nuestra primera experiencia de amor fue entregada por una mujer.

Por otro lado, en los primeros momentos del temprano vínculo madre-bebé, las personas que estás ahí alrededor pueden ser contenedoras, es decir, pueden proporcionar las condiciones para que la madre se acople a las necesidades del bebé, dejando en segundo plano otras preocupaciones. Esta tarea la encarna tradicionalmente el padre, pero puede ser hecha por otros miembros de la familia. Esta contención es una forma de amor.

El amor de padre implica, al menos en los primeros años de ese bebe, la capacidad de convivir con una cierta experiencia de falta y pérdida.

Falta de atención y pérdida de la predominancia en la mente de su pareja, que ahora es madre. Tolerarlo no es una tarea sencilla para ningún hombre, y tiende a ser encubierta por una falsa sensación de “goce de no ser mujer”. Un hombre puede sufrir, con la paternidad, el surgimiento de sentimientos de exclusión, de desprotección y de fragilidad.

Si las cosas marchan bien, será posible que ese padre también se “haga uno” con esa relación madre-hijo, es decir, se identifique con ellos. Esta no es una tarea fácil, pues requiere la capacidad de reconocer la rabia de perder la dependencia de la pareja y elaborar estos sentimientos en la identificación con su hijo, “un otro distinto a mí, que a la vez soy yo”.

Si las cosas no van tan bien, y no resulta fácil tolerar al ‘tercero’, el padre puede perderse a sí mismo mediante la exclusión, o ‘castigar’ a la familia y a sí mismo. Por ejemplo, involucrándose en un trabajo martirizante que deteriora tanto sus vínculos como él mismo.

En la medida que el hijo avance hacia una mayor independencia de su madre, requerirá la presencia refugiante de su padre. Aquí el amor de padre se expresa en una simbólica invitación a explorar el mundo. El padre que pasea con su hijo, juega con él o le muestra su mundo personal, le dice indirectamente que ambos se pertenecen. Esta identificación es fundamental para el buen desarrollo de la personalidad.

La figura del padre representa un camino de proyección para cualquier hijo, el reflejo de lo que se quiere ser “cuando grande”, tanto para los niños como las niñas. Un padre que ama sostiene esta ilusión, permite la cercanía y se ofrece como modelo. En esta dimensión de la relación padre-hijo, el padre que ama guía y no dictamina.

Especialmente cuando los hijos pasan a configurar su propia identidad y necesitan alejarse de sus primeras figuras de referencia, un padre que ama sabrá “hacerse a un lado”. Esta es una experiencia dolorosa, porque implica asumir una pérdida. Un hijo adolescente, por ejemplo, puede llegar a sentir profundos sentimientos de rechazo hacia su padre, y éste tendrá que tolerarlos y mantenerse presente, precisamente porque es lo que ese adolescente necesita.

En el transcurso de los años, ese hijo probablemente ejerza la paternidad, y tal vez se dará la posibilidad que ambos se encuentren en un mismo rol.

Para llegar a este punto, el padre tiene que haber logrado ‘sobrevivir’ a su hijo y a las situaciones complejas que involucraron la crianza. Un padre que amó también toleró, esperó, aguantó y peleó. Estuvo.

Por 

Publicado en www.revistacarrusel.cl

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