EXTENDER LA FAMILIA DEBE SER UNA ELECCIÓN, NO UNA OBLIGACIÓN

17 de marzo de 2014 at 9:28 PM Deja un comentario

Unos de los grandes comienzos de la literatura de todos los tiempos es el de Ana Karénina, de León Tolstoi (1828-1910), experto baquiano del alma humana: “Todas las familias felices se parecen unas a otras; cada familia desdichada lo es a su manera”. Con perdón de Tolstoi, se podría decir que, en materia de hijos, cada pareja es feliz a su manera.

Hay quienes, siguiendo modelos o mandatos familiares, aspiran a una prole numerosa e inician pronto la tarea. Otros prefieren esperar a cumplir proyectos comunes o personales que consideran valiosos y postergan la paternidad y maternidad para concentrarla luego en un uno o dos hijos a lo sumo. Y existen también las familias de dos, parejas que eligen no tener hijos y, sin embargo, son fecundas en muchos otros aspectos que los hacen felices y desde los cuales aportan lo suyo al mundo.

Como los zurdos, como los huérfanos o como los extranjeros, durante mucho tiempo los hijos únicos debieron sortear estigmas mientras crecían. Se los prejuzgaba como caprichosos, egoístas y conflictivos y sus padres eran, a su vez, sospechosos de avaricia hacia la sociedad. Pero un matrimonio no debería ser una fábrica de hijos, sino, antes que nada, un espacio de encuentro amoroso en el que dos personas se acompañan en la realización de sus potencialidades y conjugan el amor a través de actos y conductas que los unen y los mejoran. Si ésta fuera la razón de ser de una pareja, los hijos resultarían un punto de llegada, fruto en un proceso de maduración personal y conjunta, una elección razonada y consensuada y no un punto de partida, un requisito sin el cual acecha la sombra del fracaso o de la reprobación familiar o social.

Como bien apunta la ensayista Laurie Lisle en Without Child, un estudio sobre las parejas que deciden ser una familia de dos, “las razones de algunas personas para tener hijos pueden ser perfectamente las razones de otras personas para no tenerlos”. En todo caso, si la cantidad de hijos fuera la vara para medir la felicidad de un matrimonio, se estaría prestando más atención al cumplimiento de un mandato que a esa persona única, inédita e irreemplazable que es cada hijo. Este vale por sí mismo, no por el lugar que ocupe en la fila, por llenar un cupo, ni por tener hermanos o carecer de ellos (de hecho muchos hermanos de sangre tienen pésimas relaciones entre sí y muchos hijos únicos encuentran en la vida maravillosos hermanos del corazón). Cuando una pareja se consolida y florece como tal, importa poco cuántos hijos tenga siempre que sean elecciones y no obligaciones. Y que la elección sea respetada.

Por Sergio Sinay  |

 Publicado en  LA NACION

El autor es escritor y especialista en vínculos.

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¿SOCIALIZAR O SOCIABILIZAR? ENTENDER RAZONES ANTES DEL CASTIGO

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