ENTENDER RAZONES ANTES DEL CASTIGO

19 de marzo de 2014 at 9:39 PM Deja un comentario

 

Cuando sólo nos enojamos o castigamos la mala conducta de nuestros chicos sin tener en cuenta el motivo de la misma, complicamos las cosas más de lo que los ayudamos. Bajamos su autoestima (“¡cómo podés ser tan malo!” o “¡egoísta!” o…?) y hacemos que no se sientan comprendidos o escuchados.

Los chicos tienen una buena razón para hacer lo que hacen. Reconozco que mi idea es sorprendente, incluso a mí me costó aceptarla cuando la descubrí. Quizá no estemos de acuerdo con lo que hicieron o tienen ganas de hacer, o no nos parezca razonable a nosotros, pero sí lo es para ellos.  Esto no significa disculparlos ni aceptar cualquier conducta, pero partiendo de esta base tendremos muy buenas posibilidades de que los temas se encaucen, nos sintamos más cerca unos de otros, finalmente podamos conversar del tema y ellos logren aprender de nuestra experiencia e incorporar nuestras pautas éticas y de familia.

Cuando simplemente nos enojamos o los retamos, probablemente avivemos el fuego de esa “buena razón”. En cambio, si nos podemos tomar unos instantes para tratar de entenderla, ellos podrán luego escucharnos a nosotros y a nuestras razones razonables.

Veámoslo en ejemplos: Juan (7) le pega un empujón a Felipe (2) y lo tira al piso. Obviamente no debería haberlo hecho. Si en lugar de retarlo, empezamos diciendo: “Te enojaste con Felipe, ¿qué pasó?”, podrá contestarnos: “Lo saqué tres veces cuando yo armaba el rompecabezas y sigue viniendo a desarmar todo, ¡me tiene cansado!” Su buena razón queda clarísima y podremos entonces responder que comprendemos su enojo, pero que en casa no nos empujamos, que nos pida ayuda, o que se vaya a jugar a una mesa alta para que su hermanito no alcance. Incluso podríamos pedirle que repare de alguna forma lo que hizo, que le dé un beso, le pida disculpas, o lo haga reír, (ya que lo hizo llorar).

Tere (14) se pone una remera nueva de su hermana Mariana (16) sin pedirle permiso. No está bien que lo haga y debe atenerse a alguna consecuencia, pero si investigamos sus razones puede que descubramos que está celosa de su hermana mayor, o que se siente insegura y necesita “adornarse” mucho para salir, o que muere de amor por un chico y busca cualquier método para que él la note. Todas cuestiones que son demasiado importantes como para desaprovecharlas. Cuando, en cambio, simplemente la retamos, perdemos esta valiosa oportunidad de conocer más y mejor a nuestros hijos.

A veces tendremos que hacer un esfuerzo enorme para entender esa buena razón: cuando no estudian para los exámenes en diciembre y hacen peligrar la escolaridad, cuando pintan la paredes con marcador, cuando nos dicen cosas horribles (“te odio”, “me arruinás la vida”), cuando le hacen una mala pasada a su mejor amiga, o al hermano? Con este concepto en la mente y algo de práctica podremos descubrir esa buena razón y tomar las medidas necesarias para que entiendan que no se puede hacer todo lo que uno tiene ganas, que tendrán que aprender a frenar determinadas conductas o deberán atenerse a las consecuencias. Y de este modo evitaremos desilusionarnos, ofendernos, entristecernos, no disminuiremos su autoestima y, al mismo tiempo, podremos transmitir nuestras pautas con mucha claridad.

Los adultos también tenemos una buena razón para hacer lo que hacemos, pero tenemos una conciencia moral que nos permite evaluar nuestro deseos, y somos responsables y nos hacemos cargo de las consecuencias de nuestros actos, algo que nuestros hijos irán aprendiendo con el tiempo, con el modelo que les presentamos, con nuestra presencia que comprende sus buenas razones pero impide algunas conductas e impone consecuencias a otras, que es el camino hacia la construcción de la conciencia moral.

Por Maritchu Seitún

Publicado en  LA NACION 15-03-2014

La autora es psicóloga y psicoterapeuta.

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