COMO AFRONTAR Y DISFRUTAR EL PERÍODO DE ADAPTACIÓN

25 de febrero de 2015 at 8:01 PM Deja un comentario

Al iniciar a los niños en el proceso de escolarización, el mundo se vuelve una extraña mezcla de nuevas caras, nombres y lugares. Para los chicos, pero también para los papás, surge un cúmulo de sensaciones de las más encontradas. 

Preparados, listos! … ¿fuera?

Emocionados y nerviosos, papás y mamás llegan al jardín. Felices por la nueva etapa que han de encarar sus hijos pero con un montón de dudas; las sonrisas se mezclan con las lágrimas. En tanto, los chicos miran asombrados todo lo nuevo que se presenta a su alrededor. La mayoría habla poquito; algunos, nada; están los que pelean, los que gritan, los que lloran, los que ríen, los que no se quieren desprender de las mamás y también los que se van corriendo con los nuevos juguetes. Y juntas, directoras y maestras, los reciben; intentan tranquilizar a los padres y se presentan ante los chicos ¿Caos en el jardín? Un poco, no tanto. Es el primer acercamiento de nenes, nenas, papás y mamás a la escuela.
El período de adaptación es una instancia fundamental en la historia vital de un niño. Se trata de la primera experiencia de corte respecto de la familia; implica la salida del marco familiar para el ingreso en otra institución externa, distinta: la escuela. “Esta separación se construye sobre otros modelos de separación de la díada madre-niño. El modo en que se haya dado esa separación inicial, va a redundar en la forma en que se construye la primera separación en una institución externa”, explica la Lic. Juana Marrón –psicóloga y psicopedagoga, coordinadora del equipo de psicopedagogía pediátrica del Hospital Durand-. Se trata de un proceso integral, de importancia para el niño, para la madre y la familia, al tiempo que para la maestra y la institución educativa. Al respecto, la Lic. Nancy Amado –psicopedagoga, jefa de residentes del equipo del Durand-, aclara: “Comúnmente se tiende a entender la adaptación como del niño a la escuela, pero en realidad también lo es del docente al niño, y de los padres con la situación. Es decir, son varios los factores en juego.. Y por ello es un proceso que exige reflexión.”

El éxito del período está vinculado a las experiencias iniciales de separación niño-madre, a la postura de cada mamá para afrontar la adaptación, a la madurez de cada familia, así como al modo en que cada institución educativa, a través de la preparación de sus docentes, maneje cada caso. Marrón señala que “es importante la permanencia de la mamá, o el adulto sustituto, durante la experiencia de la adaptación, así como la posibilidad de las instituciones y los docentes de comprender a cada niño y cada familia con todas sus variables”. Cada nene, y cada familia, se acercan al jardín con un bagaje particular de experiencias muy diversas. Y entonces hay modos diversos también de entender y de atravesar la adaptación. Mariana Smilianzky -directora del jardín de infantes del Instituto Sarmiento-, así lo explica: “Hay que ver de qué modo la institución trabaja entre lo real y lo posible. En principio se hace a los papás un planteo de adaptación ideal, pero también nos sentamos a ver con cada familia qué posibilidad tiene de enfrentar la situación y de ajustar lo posible a lo ideal. La estrategia, cada vez, se conversa”. Diana Getzelevich -directora del Jardín de Chicos Grupi- hace hincapié en que “la adaptación requiere de nuestra disponibilidad como adultos, para que los chicos logren dar sus primeros pasos en el jardín con seguridad y confianza”. De igual modo, Diana Rubí – vicedirectora de Grupi-, comenta: “Es un momento importantísimo en la vida de un nene que el papá y la mamá deben poder compartir. Respecto de la escuela, y de los maestros, se trata de crear un marco de tranquilidad en una situación que no es tranquila. Los maestros tienen que acompañar a cada niño a la vez que encontrar el mejor vínculo con cada familia.”

Paso a paso
Durante la adaptación se trabaja, de modo gradual, el espacio de separación; por eso las instituciones educativas, de acuerdo a su propio proyecto pedagógico, pautan distintos períodos de tiempo para cada día respecto de la permanencia de los niños en el jardín, y también de las de las mamás que los acompañan. “No existen lapsos de tiempo predeterminados. Cada adaptación lleva un tiempo propio”, señala Marrón. De lo que se trata es de respetar los tiempos individuales. “Hay nenes a los que completar el lapso de las tres horas y desprenderse de su acompañante les lleva una semana, hay otros a los que les toma quince días y algunos a los que les significa meses. Como docentes debemos contemplar las diferencias para que cada niño se sienta escuchado y mirado en sus necesidades. Así el niño tendrá confianza hacia futuras adaptaciones”, explica Rubí.

En atención a esto, y respecto de las actividades de los chicos, hay una primera etapa de inclusión y asociación y posteriormente de desarrollo y evaluación. Se trata de actividades y experiencias que tienen que ver con formar parte de una comunidad educativa. “La adaptación forma parte de un proceso que hay que atravesar para poder estar en el jardín con placer. El jardín estimula la inteligencia, las emociones, la sociabilidad y la autonomía de los chicos. Empiezan a tener amigos, a formar parte de un grupo, a ampliar los marcos de referencia, a conocer otras cosas del mundo más allá de casa, de mamá y de papá”, señala Smiliansky. En este sentido, Getzelevich comenta: “Nuestra intención es que los nenes tengan ganas de quedarse; de disfrutar el espacio con amigos; que el docente le despierte curiosidad y que el papá se sienta tranquilo que su hijo va a estar cuidado”.

Entre la duda y la emoción
Muchas veces, en la vereda del jardín, los papás comentan, un poco en broma pero también en serio, que es a ellos a quienes más les cuesta atravesar el período de adaptación. Lo cierto es que, como señalamos antes, el proceso es integral, fuerte, complejo pero también emocionante para todos los actores implicados. “Para los papás se trata de afrontar el crecimiento de sus hijos. Se mezclan sensaciones de alegría y de tristeza; sentimientos ambivalentes. Nosotros hablamos de ese momento como el de ‘deshojar la margarita’”, cuenta Getzelevich, y agrega: “hay un cruce de deseos, de expectativas y de temores, por eso la institución educativa debe poder programar una adaptación donde se contemple que los papás tengan ganas de venir, miedo de venir; donde se entienda que duden si está bien lo que están haciendo, si es eso lo mejor para su hijo”.

Smiliansky explica que “hay miedos manifiestos y sustos latentes: los manifiestos son las dudas que los papás acercan abiertamente – ¿cómo se va a comunicar si no sabe hablar? ¿lo van a cuidar? ¿me voy a enterar si le sucede algo? -, de los latentes muchas veces ni siguiera saben que les acontecen y tienen que ver con que el ingreso de su hijo al jardín significa presentar a su niño pero también a su familia en sociedad, y entonces las comparaciones y las dudas son inevitables”. Marrón aclara que “también los temores de los papás dependen de cada estructura vincular madre–hijo”. Getzelevich reconoce que “muchas veces hay nenes que quieren quedarse y son las mamás las que no lo pueden aceptar. Es que por un lado observan que su hijo creció y están felices por ello, pero resulta que hay otros referentes y otros que también les enseñan canciones y juegan con ellos y entonces les da ‘cosita’ porque ya no las necesitan como antes, porque pueden preferir a veces estar con su maestra o con sus amigos; y esto en realidad, si uno como padre puede situarse desde un lado positivo, resulta maravilloso.”

De lo que se trata es de reconocer que todos los niños son personas únicas y distintas para las que también existe todo un mundo, otro, allí afuera. Y que en ese comenzar a andar el propio camino, familia y escuela cumplen roles también únicos, distintos e insustituibles donde lo que vale es acompañar y compartir.

Niños pequeñitos, dudas mayores
En función de las características socioculturales y las necesidades económicas y laborales de los tiempos actuales, las familias buscan con mayor asiduidad una institución de apoyo, en el afuera, para la protección de sus hijos en edades cada vez más tempranas. El desarrollo y crecimiento de los jardines maternales, así como la ampliación de las propuestas pedagógicas y lúdicas de los jardines con la incorporación de salas destinadas a niños a partir de los cuarenta y cinco días de vida, así lo demuestra.

“Cuando se trata de niños muy pequeños el rol de la institución educativa es casi de ‘maternaje’”, señala Amado. “Si bien maestra y mamá no se confunden, hay funciones que una maestra debe cumplir, más allá de lo pedagógico, cuando trabaja con niños tan pequeños”, explica Marrón poniendo énfasis en la importancia de que una mamá pueda explicar, en este sentido, cómo ella acuna o cambia a su hijo y cuáles son las características de ese nene. Rubí cuenta que “en los casos de niños de edades tempranas, entre los papás surgen dudas del tipo: ¿Cómo se va a comunicar si no sabe hablar? ¿Podrán entender lo que necesita? ¿Cómo sabré si le pasa algo?”. Al respecto, Marrón indica que “el cuaderno de comunicaciones debe funcionar a diario y con todos los detalles. La comunicación fluida hace que el período sea más plástico y aprovechable. Más rico”. Para Smiliansky, “se trata de la situación más conflictiva, por eso tenemos horarios y planificaciones que contemplan situaciones que no tienen que ver con la exigencia del jardín como la presencia menos días por semana y una amplitud de horarios”.

Por Marisa Rojas

Publicado en www.revistaplanetario.com.ar

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